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La Adrada Ayuntamiento

El Castillo

¿Te apetece darte un paseo por la historia de La Adrada?

¡Vamos allá!

En lo alto de una colina, y sobre los restos de un castillo que fue estancia temporal de Enrique III, Juan II, Enrique IV y que incluso recibió la visita de los Reyes Católicos, se alza hoy la joya de la corona de La Adrada: un grandioso monumento restaurado gracias a su cesión al Ayuntamiento por parte de la familia García Moreno, antiguos propietarios del castillo, y al impulso de varias instituciones que lo han transformado en el Centro de Interpretación Histórica del Valle del Tiétar.

Todo apunta a que aquel castillo, hasta hace relativamente poco en ruinas, se construyó sobre otro más antiguo de origen romano y en el que, según la leyenda, el rey Alfonso VI mantuvo un romance con la bellísima princesa Zaida, hija política de Abenabeth (rey de Sevilla, Muhámmad al-Mutámid). La bella dama se casó con el rey castellano, poco antes de la conquista de Toledo, se acomodó en la corte castellana, renunció al islamismo y se bautizó en Burgos con el nombre de Isabel.

Sin embargo, según se relata en el libro «Castillos de Segovia y Ávila» de Javier Bernad Remon (Ediciones Lancia, 1990), el origen de este castillo parece provenir de finales del siglo XIV cuando el rey Enrique III concede la Villa de Adrada al Condestable Ruy López Dávalos, quien edificó la fortaleza en sillería y mampostería granítica aprovechando los restos anteriores e incorporando una iglesia. En realidad, concibió el castillo con funciones palaciegas: un lugar donde la nobleza y la realeza castellana vendría a cazar y a disfrutar de la belleza de los montes que lo rodean, más que para acciones de guerra.

En el siglo siguiente, se levantó la torre del homenaje y se construyó un gran cubo artillero para adoptar las defensas al uso y, ya en el siglo XVI, olvidadas y desaparecidas las banderías nobiliarias y los conflictos interiores, el castillo se transformó en palacio renacentista porticado, según el gusto de la época.

Su posesión pasa a manos de D. Álvaro de Luna en tiempos del rey Juan II y, tras su caída en desgracia y ejecución en 1453, entra a formar parte de los bienes de la corona hasta que su sucesor Enrique IV lo vuelve a ceder a D. Beltrán de la Cueva, quien lo mantiene en su familia y para sus sucesores con el título de marquesado en el siglo XVI. En el XVII, pasa a la casa de Montijo, familia que lo conservará hasta finales del siglo XIX, cuando pasa a la de Alba.

Según se relata en el libro «Castillos y fortalezas de Castilla y León», de Fernando Cobos Guerra y José Javier de Castro Fernández, publicado por Edilesa, parece ser que este castillo de La Adrada, junto con el de Arenas de San Pedro y otras posesiones, estuvo en litigio entre Juana Pimentel (la viuda de Álvaro de Luna, conocida como «la triste condesa») y el Marqués de Villena, que se quería casar a la fuerza con su hija María y tomar posesión de sus tierras. La primera obtuvo la ayuda de Íñigo López de Mendoza (el futuro Marqués de Santillana), que se casó primero con María. El rey Enrique IV requisó sus posesiones (incluido el castillo de La Adrada) el 10 de abril de 1461, pero Juana se sublevó. Según la crónica: «bastecio e pertrecho e puso gentes de armas de pie e de caballo en las fortalezas de Arenas e el Adrada ... fasiendo movimientos e poniendo mayores bolliçios e escándalos».

Al final fue derrotada y el hijo del Marqués de Villena se casó con su nieta, pero retuvo el castillo de Arenas de San Pedro, mientras que el de La Adrada parece que pasó a ser posesión de los duques de Albuquerque, donado por el mismo Enrique IV a D. Beltrán de la Cueva, que junto con el de Mombeltrán (propiedad de la misma familia) controlaba la ruta entre Castilla la Vieja y Toledo.

El paso del tiempo y las guerras hicieron estragos en esta gran fortaleza, hasta dejarlo en ruinas, pero se ha podido restaurar gracias a la intervención de varios organismos europeos y españoles, con fondos F.E.D.E.R, las aportaciones y el entusiasmo de la Junta de Castilla y León, la Diputación Provincial de Ávila y el Ayuntamiento de La Adrada. El resultado final de esta impresionante restauración ha sido espectacular y ahora nos permite hacernos una idea de la importancia que ha tenido esta fortaleza en la historia de La Adrada.

Es de visita obligada en la localidad.

Cruza la puerta por el puente levadizo y adéntrate en la fortaleza que te transportará siglos atrás. No dejes de pasar por la casa del alcaide, decorada con un zócalo de azulejos de estilo mudéjar con motivos geométricos.

Recorre el patio porticado y la iglesia gótica de tres naves, pasa por debajo del arco apuntado que preside la cabecera y admira las medias columnas que sostenían el antiguo techo. Fíjate en los pequeños detalles: muchas piedras tienen marcas, son las firmas de los antiguos canteros que justificaban así su trabajo. Cierra los ojos e imagínate en la época medieval.

Sube a las torres y contempla la panorámica que ofrecen del valle. ¡Seguro que llenarás tu Instagram de fotos!

Cuando bajes de las torres, ha llegado la hora de visitar el museo. En él encontrarás información sobre los primeros pobladores y podrás disfrutar de los restos visigodos y romanos conservados en la zona, de gran valor arqueológico y documental, además de una exposición de vasijas, pulseras y otros enseres encontrados en las excavaciones que se hicieron para la restauración. ¡No te dejará indiferente!

La Fortaleza

La fortaleza se compone de un doble recinto amurallado y un foso exterior. En el primero de ellos se encuentra el núcleo fundacional del conjunto, la iglesia, de tres naves, mientras que sobre el ábside se construyó posteriormente un torreón que se configura como parte de la Torre del Homenaje.

El acceso al palacio ha sido reconstruido utilizando algunas piezas halladas en la excavación. La ventana está compuesta por dos arquillos con parteluz, recuadrados por una moldura de tipo islámico llamada alfiz. Corona el conjunto una ladronera, pequeña obra voladiza para el control vertical de dicha entrada.

Templo Gótico

Un templo gótico pasó a formar parte del conjunto palaciego. La iglesia formaba el núcleo central de la fortificación. Al ábside de mampostería, cubierto con una bóveda de ladrillo se accede por un gran arco de triunfo. Sobre este ábside se levantó a finales del siglo XV la torre del homenaje.

El interior del castillo, de planta rectangular, resultante de la unión de la iglesia gótica basilical de tres naves y del palacio, ha sido durante generaciones y hasta su restauración lugar de juegos y escondite de los niños de La Adrada.

El Castillo Iluminado

Si bien la contemplación durante el día del Castillo de La Adrada asombra a quienes hasta hace unos cuantos años veían en este lugar, únicamente ruinas de una antiquísima fortaleza, durante la noche, con el alumbrado, la imagen del castillo se funde con la luz de la luna, creando un clima de misterio, quizá como hace siglos, cuando las antorchas eran su única fuente de iluminación.

De distinta forma, en algunas celebraciones especiales, también se puede presenciar el castillo brillando de forma espectacular con el resplandor multicolor de los fuegos artificiales.

Centro de interpretación histórica

Para la propagación de la cultura, la historia, el proceso rehabilitador del propio castillo, el turismo y el entorno medioambiental del Valle del Tiétar, el castillo de La Adrada abre al público todas las mañanas, y también en las tardes de los sábados. En este lugar se celebran además a lo largo del año diversos actos culturales, como conciertos, exposiciones artísticas, obras de teatro, etc.

Ya dentro del castillo, El Centro de Interpretación Histórica Valle del Tiétar, recibe al visitante para mostrarle como ha evolucionado la fortaleza a lo largo de los siglos, constituyendo un punto de interés turístico y cultural que tiene como fin primordial divulgar la tradición y la cultura del Valle del Tiétar.

El centro dispone de una docena de estancias donde el viajero se puede empapar de historia sobre los primeros pobladores del valle, los vettones, - cazadores y recolectores de la segunda edad del hierro-, y de su vida en los castros. De las costumbres de los lugareños del valle a lo largo de los tiempos hasta hoy dan constancia las maquetas, textos e ilustraciones sobre la romanización, los visigodos, las invasiones musulmanas, los concejos, los señoríos y el mundo rural tradicional. Diversos paneles ofrecen datos sobre la diversidad ecológica de la treintena de pueblos del sur de Ávila, Madrid y Toledo a los que da nombre el afluente del Tajo y en cuya depresión de 2.000 metros en la Sierra de Gredos se encuentran representadas prácticamente todas las regiones bioclimáticas. Las ilustraciones reflejan además con minuciosidad el mundo rural tradicional de los cerca de 170.000 habitantes del Valle, plagado ahora de urbanizaciones y viviendas.